Desarrollo
De la ayuda a la cogobernanza: la “crisis constitutiva” de la cooperación global para el desarrollo y las vías de reconstrucción.
Detrás de la ola de recortes de ayuda de 2025 se encuentra el fallo estructural del sistema de cooperación internacional para el desarrollo. Basado en la investigación más reciente del CIDOB, este artículo analiza las cinco dimensiones que impulsan la crisis de la ayuda y propone tres modelos de reforma futuros, explorando las vías a largo plazo de la cooperación global para el desarrollo hacia la descolonización y el multilateralismo.
Introducción: la “crisis constitutiva” del sistema de ayuda
En 2025, una serie de decisiones del gobierno de Trump sumió a la cooperación internacional para el desarrollo en la crisis más profunda desde el fin de la Guerra Fría: la salida del Acuerdo de París y de organismos de la ONU como la Organización Mundial de la Salud, el recorte de la financiación al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios y al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, y la disolución de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Dado que Estados Unidos aporta alrededor del 30% de los fondos mundiales de ayuda, el impacto de estas medidas va mucho más allá de las cifras presupuestarias. Casi en paralelo, donantes europeos como Francia, Reino Unido, Países Bajos, Alemania, Bélgica, Suecia y Suiza también anunciaron recortes en sus presupuestos de ayuda, en su mayoría justificados por el equilibrio fiscal o las prioridades estratégicas nacionales, más que por motivos ideológicos. Según estimaciones del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD), la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) podría contraerse entre un 20% y un 33% a partir de 2026.
Sin embargo, interpretar esta crisis únicamente como resultado de un ciclo fiscal o de un giro político hacia la derecha subestimaría sus raíces estructurales. El hecho de que gobiernos de distinto espectro político muestren a la vez indiferencia e incluso hostilidad hacia la ayuda indica que el problema reside en el propio sistema: los supuestos históricos que sostenían el régimen de ayuda —la autoridad unipolar del mundo occidental, una división Norte-Sur claramente definida, la creencia de que la transferencia de capital y conocimiento conduciría inevitablemente a un “desarrollo de recuperación”, y el “presupuesto neocolonial” de que los países desarrollados constituían el paradigma del desarrollo— han dejado de ser válidos.
Cinco dimensiones del cambio
1. Reestructuración del poder internacional. El sistema de ayuda es un legado institucional de la hegemonía occidental de posguerra. Hoy, los modelos de desarrollo de las economías emergentes ya no dependen del marco del CAD, y la autonomía diplomática del Sur global se ha fortalecido notablemente. La ayuda ya no es un círculo concéntrico de “países ricos que dan a países pobres”, sino una matriz de cooperación multipolar. El vacío dejado por la retirada de Estados Unidos precisamente expone la fragilidad de una ayuda dominada por un polo único.
2. Cambio de paradigma en el diagnóstico del desarrollo. La concepción tradicional del desarrollo atribuía la pobreza a la escasez de capital y, por tanto, se centraba en las transferencias. Pero las últimas tres décadas demuestran que el beneficio marginal de la ayuda depende en gran medida de la capacidad institucional de los países receptores, de sus estructuras sociales y de la asimetría de las reglas económicas globales. El desarrollo no es un simple “ponerse al día”, sino una evolución institucional con múltiples trayectorias. Cada vez más países receptores se niegan a verse a sí mismos como “alumnos” de la experiencia occidental.
3. Inconmensurabilidad de las agendas. La agenda contemporánea de cooperación incluye simultáneamente objetivos como la ayuda humanitaria, la reducción de la pobreza, la mitigación climática, la salud pública, la gestión migratoria y la conectividad digital. Estos objetivos presentan tensiones internas: la acción climática puede perjudicar el crecimiento a corto plazo; la cooperación migratoria puede afectar a la política interna. Ninguna narrativa única puede proporcionar recursos de legitimación para todas las agendas; al contrario, bajo presión política, un énfasis excesivo en el “beneficio mutuo” puede degradar la ayuda a una simple herramienta transaccional.
4. Ampliación del espectro de financiación. La AOD es solo un segmento de la financiación internacional para el desarrollo. Ante la brecha de financiación de los bienes públicos globales, se necesita la acción coordinada de herramientas como los bancos multilaterales de desarrollo, los fondos climáticos, los bonos verdes y la financiación mixta. Si el sistema de ayuda se aferra a la óptica de la AOD, quedará marginado por flujos de capital más amplios y flexibles.5. Déficit de legitimidad de la gobernanza. La estructura de gobernanza actual está dominada por los donantes, con baja participación de los países receptores, y adolece de una cultura tecnocrática y de débiles mecanismos de rendición de cuentas. En una era de resurgimiento del nacionalismo, esta gobernanza poco representativa es más vulnerable a ataques politizados. Fortalecer el multilateralismo no es una consigna, sino que requiere un verdadero reequilibrio en el peso de las decisiones, la transparencia de las reglas y la responsabilidad compartida.
Tres tipos ideales: mapa de rutas para la cooperación futura
Ante las tensiones señaladas, el autor propone tres «tipos ideales» de inspiración weberiana como base analítica para la reestructuración del futuro régimen de cooperación.
Modelo focalizado reduce la ayuda a las tareas de emergencia más esenciales: la pobreza extrema, los países menos adelantados, las crisis humanitarias y los servicios públicos básicos. Este modelo aboga por lo «pequeño y selectivo», recupera el propósito original de la reducción de la pobreza y reduce la dilución de la eficacia derivada de la expansión de la agenda. Su ventaja es que los objetivos son claros y medibles, y ayuda a restaurar la confianza pública; su desventaja es que no puede responder a cuestiones globales como el cambio climático o las amenazas sanitarias transnacionales, y puede ser criticado como «un retroceso a la caridad».
Modelo orientado a los bienes públicos globales sitúa en el centro el clima global, la biodiversidad, la seguridad sanitaria pública, la paz y la estabilidad financiera, y transforma la ayuda en un mecanismo de inversión en bienes públicos globales. Este modelo se adapta a los desafíos transnacionales del siglo XXI, pero su reto reside en cómo articularse con los objetivos tradicionales de desarrollo nacional: cuando las necesidades de adaptación climática de un país archipelágico entran en conflicto con las metas globales de reducción de emisiones, ¿cuál tiene mayor prioridad?
Modelo pluralista y compartido enfatiza la construcción de plataformas de cooperación diversificadas según los distintos temas, en las que diferentes países, organismos multilaterales, fundaciones y el sector privado eligen participar de forma autónoma. Ya no persigue una narrativa unificada, sino que reconoce el hecho institucional de la diversidad y, a través de una participación «tipo menú», conforma un ecosistema de cooperación disperso pero flexible. La ventaja de este modelo es que se adapta a un mundo complejo; el riesgo es la fragmentación y la falta de rendición de cuentas.
Hacia una cooperación multilateral «descolonizada»
En opinión del autor, los tres modelos no son una disyuntiva de elegir uno solo. De hecho, es probable que el futuro sistema de cooperación para el desarrollo adopte una forma híbrida: el modelo focalizado para garantizar la equidad en la base, el orientado a bienes públicos para hacer frente a las amenazas comunes, y el pluralista y compartido para dar cabida a diferentes necesidades y preferencias.
Pero sea cual sea el camino elegido, deben abordarse dos desafíos más fundamentales. El primero es la descolonización: reconocer la pluralidad del conocimiento sobre el desarrollo, romper con el donante-centrismo y otorgar a los países receptores y a las instituciones del Sur global una posición de igualdad en la elaboración de reglas. El segundo es el fortalecimiento del multilateralismo: en una era de retirada unilateral, es necesario reconstruir la legitimidad y la capacidad de las instituciones multilaterales para que puedan coordinar los intereses de todas las partes, en lugar de convertirse en una sombra de la contienda entre las grandes potencias.La cooperación para el desarrollo se encuentra en una encrucijada histórica. El antiguo sistema de ayuda se asemeja a un médico que cree en la «receta correcta», pero ya no puede diagnosticar las complejas dolencias del nuevo mundo. El futuro quizá no sea el fin de la ayuda, sino el renacimiento de la cooperación: de la caridad unidireccional a la inversión conjunta, de los proyectos a corto plazo al fortalecimiento de capacidades a largo plazo, de «nosotros os ayudamos» a «gobernamos juntos los riesgos globales». Esta es precisamente la tendencia a largo plazo a la que apunta esta investigación: un nuevo paradigma de cooperación que ya no gira en torno a la «ayuda», sino que tiene como objetivo la sostenibilidad global.
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