Desarrollo
Cómo la guerra de Irán expuso la fragilidad del modelo de desarrollo global
Una guerra regional no solo cambia la geopolítica, sino que también, a través de la energía, los fertilizantes, los alimentos, el transporte marítimo y las cadenas de financiación, revalora los límites de riesgo del modelo de desarrollo global.
Cómo la guerra en Irán expuso la fragilidad del modelo global de desarrollo
Durante los últimos treinta años, la narrativa del desarrollo global se ha basado con frecuencia en un supuesto implícito: que las rutas comerciales en general seguirían abiertas, que el suministro de energía podría mantenerse y que, incluso si se produjeran choques, estos serían solo perturbaciones de corto plazo. En la realidad, este supuesto nunca ha sido una ley, pero durante mucho tiempo se utilizó como si lo fuera. La guerra en Irán volvió inevitablemente visible esta fragilidad: recordó a la comunidad internacional que el sistema de desarrollo global no se construye sobre bases sólidas, sino sobre la suposición de que un “estado normal” persistirá.
La importancia clave de esta guerra no reside solo en los cambios en el panorama de seguridad regional, sino en cómo atraviesa múltiples eslabones de la cadena del desarrollo: precios de la energía, suministro de fertilizantes, producción de alimentos, costos industriales, condiciones de financiamiento y riesgo de retroceso en la reducción de la pobreza. En otras palabras, la guerra no es solo un evento de geopolítica; también constituye una prueba de estrés para el modelo global de desarrollo.
Cuando la “eficiencia primero” se encuentra con la “normalización del choque”
En la etapa posterior a la Guerra Fría, el marco del desarrollo tendió a privilegiar la maximización de la eficiencia: alargar al máximo las cadenas de suministro para reducir costos, depender en lo posible del mercado global para la energía, permitir la mayor movilidad posible del capital y que los países se concentraran en sus ventajas comparativas. En un entorno estable, este modelo sí mejoró la eficiencia del crecimiento y ayudó a muchos países a expandir sus exportaciones, crear empleo y mejorar la infraestructura.
Pero el problema es que este modelo suele considerar la resiliencia como una variable secundaria. Mientras las rutas marítimas no se bloqueen, el suministro energético no fluctúe bruscamente y los mercados financieros mantengan su liquidez, el sistema parece funcionar. En cuanto el choque se convierte en una “golpe correlacionado” en los planos geopolítico, energético, logístico y financiero, la fragilidad aparece con rapidez.
La razón por la que la guerra en Irán tiene relevancia global para el desarrollo es precisamente que no es un choque puntual, sino uno que puede amplificarse a través de múltiples canales: el seguro marítimo, el transporte de energía, las materias primas para fertilizantes, los insumos industriales, los precios de los alimentos y la presión fiscal se influyen mutuamente. Para muchos países en desarrollo, esto significa que el riesgo ya no es solo una subida aislada de precios, sino que el presupuesto del desarrollo se ve nuevamente comprimido, la protección social se ve obligada a ceder espacio y el proceso de reducción de la pobreza se ve forzado a retroceder.
Fertilizantes, alimentos y pobreza: donde la fragilidad del desarrollo aparece primero
En los estudios sobre desarrollo hay un hecho que a menudo se subestima: la seguridad alimentaria no depende solo de la tierra y del clima, sino también de la estabilidad de la energía, los fertilizantes y el sistema de comercio internacional. El material de referencia señala que Brasil es uno de los mayores importadores de fertilizantes del mundo y que su producción agrícola depende en gran medida de insumos externos; además, una parte considerable del comercio mundial de urea transita por el estrecho de Ormuz. De este modo, los cambios en la situación de Oriente Medio dejan de ser solo noticias sobre el mercado energético y pasan a afectar directamente los costos agrícolas en Sudamérica, y, a su vez, la asequibilidad de los alimentos en África, Oriente Medio y Asia meridional.
Esta es una reacción en cadena típica del desarrollo global:
- aguas arriba están los riesgos energéticos y de transporte;
- en el tramo medio aumentan los costos de los fertilizantes y de los insumos agrícolas;
- aguas abajo se producen fluctuaciones en los precios de los alimentos y cae el poder adquisitivo de los hogares;
- al final, aumenta el riesgo de desnutrición, de rebrote de la pobreza y la presión sobre los mecanismos fiscales de protección.
El riesgo de retroceso en la reducción de la pobreza señalado por Naciones Unidas es precisamente el resultado social de esta cadena de efectos.La advertencia de la ONU sobre el riesgo de recaer en la pobreza es precisamente el resultado social de este efecto en cadena. Esto demuestra que la reducción de la pobreza no es un logro puntual, sino un resultado institucional que requiere mantenimiento continuo. Mientras los choques externos se superpongan sobre países frágiles, las mejoras acumuladas durante años pueden erosionarse rápidamente.
Por qué el ESG se vuelve más importante en este momento
El impacto de la guerra en Irán sobre el ESG no se limita simplemente al “aumento de los precios de la energía”. En realidad, ha desplazado al ESG desde la divulgación corporativa y la selección de inversiones hacia el centro de la gobernanza del riesgo y la resiliencia de las cadenas de suministro.
En la dimensión ambiental, la tensión entre la seguridad energética y la transición baja en carbono se vuelve más evidente. Muchos países, al impulsar la transición energética, esperaban reducir mediante mecanismos de mercado la dependencia de una sola fuente de energía. Pero cuando la guerra eleva los costos de la energía, el transporte y las materias primas, los proyectos de transición, la infraestructura verde y las finanzas públicas pueden quedar bajo presión. Esto puede llevar a algunos países a volver temporalmente a un orden de prioridades de política de “primero asegurar el suministro, luego la transición”.
En la dimensión social, los precios de los alimentos, la estabilidad del empleo y el gasto en servicios públicos sufrirán un doble impacto. Para los hogares de bajos ingresos, los alimentos y la energía son dos de los gastos más sensibles; para los gobiernos, los subsidios, la asistencia y el servicio de la deuda pueden aumentar al mismo tiempo. La “S” del ESG no es un concepto abstracto, sino la capacidad de un país para proteger los medios de vida frente a choques externos.
En la dimensión de gobernanza, esta guerra vuelve a demostrar que la divulgación de riesgos no puede quedarse solo en el nivel de los informes anuales de las empresas. Lo verdaderamente importante es cómo los Estados, las instituciones financieras y las organizaciones multilaterales identifican los riesgos sistémicos y cómo establecen mecanismos transfronterizos de alerta temprana, financiación de emergencia y coordinación de políticas. Si el ESG carece de una perspectiva de gobernanza global, se degradará a una herramienta local de cumplimiento y no podrá responder a las vulnerabilidades estructurales del sistema de desarrollo.
La financiación del desarrollo está pasando de la “expansión” a la “defensa”
El material de referencia señala que el Fondo Monetario Internacional adopta una visión más cautelosa sobre el crecimiento global y subraya respuestas “limitadas en el tiempo y focalizadas” para los grupos más vulnerables. Este cambio tiene importantes implicaciones de política: indica que la financiación internacional del desarrollo está pasando de un enfoque centrado en la expansión a uno centrado en la defensa y el amortiguamiento.
Para muchos mercados emergentes y países en desarrollo, la presión real no es solo la desaceleración del crecimiento, sino la combinación de mayores costos de financiación y menores ingresos en divisas. Los países que importan energía y alimentos soportarán una presión mucho mayor entre la cuenta corriente, el déficit fiscal y la estabilidad cambiaria. Si además se suma la carga de la deuda, los recursos disponibles del gobierno para educación, salud, infraestructura y protección social se verán cada vez más restringidos.
Por eso, la agenda de financiación del desarrollo de hoy ya no trata solo de “cuánto se puede pedir prestado”, sino de:
1. si se puede obtener financiación contracíclica a menor costo; 2. si se puede reestructurar la deuda rápidamente cuando llegan choques externos; 3. si se pueden combinar medidas de estabilidad a corto plazo con inversiones de transformación a largo plazo; 4. si se puede proporcionar un amortiguador sostenido para los alimentos, la energía y los servicios públicos.
Esta es también la razón por la que las instituciones financieras multilaterales, los bancos regionales de desarrollo y las herramientas de cooperación Sur-Sur están cobrando cada vez más importancia. Ningún país por sí solo puede asumir los riesgos sistémicos; el valor de los mecanismos de cooperación está aumentando.## El Sur Global no es una “variable periférica”, sino una parte clave de la estabilidad del sistema
Si en el pasado la narrativa del desarrollo global partía más bien de los sistemas industriales de Europa y Estados Unidos, hoy la realidad es distinta. El crecimiento demográfico, la demanda de alimentos, la transición energética, la difusión digital y la urbanización se concentran cada vez más en el Sur Global.
Esto significa que el Sur Global ya no es solo un objeto que “necesita ayuda”, sino una región central para el crecimiento mundial, la asignación de recursos y la transmisión de riesgos. Las conexiones entre Oriente Medio, Asia del Sur, África subsahariana, América Latina y el Sudeste Asiático se están estrechando a través del comercio, la energía, los alimentos y los mercados de capitales. Una guerra en una región puede, a través de los precios y las cadenas de financiación, afectar los presupuestos públicos y los medios de vida de las familias en otro continente.
Desde una perspectiva de política pública, esto exige un ajuste en la lógica de la cooperación internacional:
- pasar de la ayuda unilateral a la construcción de resiliencia sistémica;
- pasar de un enfoque orientado a proyectos a uno orientado a la gestión del riesgo;
- pasar del rendimiento de corto plazo a la construcción de capacidades a largo plazo;
- pasar de respuestas dispersas a la coordinación interregional.
En otras palabras, el Sur Global no es un apéndice de la gobernanza mundial, sino el principal campo de prueba de su eficacia.
El papel de las organizaciones internacionales: del alivio de crisis a la reconfiguración estructural
Este tipo de choques vuelve a colocar a las organizaciones internacionales en el centro del escenario, pero su papel ya no debe entenderse solo como el de proveedoras de fondos después de una crisis. Más importante aún es si pueden ayudar a los Estados miembros a reconstruir su resiliencia para el desarrollo.
El sistema de las Naciones Unidas se centra en la pobreza, los alimentos y las consecuencias humanitarias; el Fondo Monetario Internacional se ocupa de la estabilidad macroeconómica y la capacidad de pago; mientras que el Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo cuentan con herramientas de largo plazo en infraestructura, servicios públicos, energía y capacidad institucional. La verdadera gobernanza global eficaz no consiste en que una sola institución resuelva todos los problemas, sino en que estas instituciones logren coordinarse ante un mismo escenario de riesgo.
Esto también significa que la cooperación internacional del futuro deberá prestar más atención a:
- la evaluación de la vulnerabilidad de las cadenas de suministro;
- las reservas estratégicas de materiales y los mecanismos de ayuda mutua;
- la resiliencia de los insumos agrícolas y de los sistemas alimentarios;
- el equilibrio entre energías renovables y seguridad energética local;
- los canales de financiamiento rápido para los países de bajos ingresos.
Si las organizaciones internacionales siguen aplicando la lógica de políticas relativamente fragmentada del pasado, les resultará difícil responder a choques integrales de carácter intersectorial, interregional e intermercados como los de hoy.
Tendencia de largo plazo: el modelo de desarrollo pasa del “crecimiento globalizado” al “crecimiento constreñido por el riesgo”
La guerra en Irán no revela una crisis de corto plazo de un país en particular, sino una nueva valoración del orden del desarrollo mundial. En el futuro, el modelo de desarrollo puede dejar de tener como únicos objetivos el costo mínimo y la máxima fluidez, y poner más énfasis en la redundancia, las copias de respaldo, la diversificación y la capacidad local.
Esto implica varias tendencias de largo plazo:
- la estructura energética dará mayor importancia a la diversificación y a la capacidad de almacenamiento;
- los sistemas agrícolas prestarán más atención a los fertilizantes, el riego y la adaptación climática;
- la política industrial hará mayor hincapié en la seguridad de materias primas críticas e insumos intermedios;
- la política fiscal dará más importancia al espacio contracíclico;
- la inversión ESG se centrará más en la resiliencia real y no solo en las puntuaciones de divulgación.Para los países en desarrollo, esto es a la vez una presión y una oportunidad para redefinir su competitividad. Aquellos países que puedan establecer más rápidamente la resiliencia de los servicios públicos, la capacidad de sustitución energética, los mecanismos de seguridad alimentaria y la capacidad de gobernanza digital tendrán una ventaja a largo plazo más sólida en el nuevo entorno global.
Conclusión: el problema del desarrollo nunca es solo un problema económico
La razón por la que la guerra de Irán merece una atención tan alta en el ámbito del desarrollo global es que vuelve a demostrar que los logros del desarrollo no son automáticamente estables y que el crecimiento mundial no es inherentemente sostenible. Mientras el sistema internacional siga dependiendo de unos pocos corredores clave, unos pocos nodos energéticos y cadenas de suministro altamente externalizadas, cualquier conflicto regional puede convertirse en un retroceso del desarrollo global.
Por ello, el enfoque del futuro no debería ser solo “restablecer el crecimiento”, sino “reconstruir la resiliencia”. Esto incluye una financiación del desarrollo más fiable, una cooperación internacional más flexible, sistemas alimentarios y energéticos más sólidos, y una capacidad de los servicios públicos más resistente a los choques externos.
El sistema global de desarrollo está entrando en una nueva etapa: la eficiencia sigue siendo importante, pero la resiliencia, la inclusividad y la capacidad de gobernanza se están convirtiendo en variables decisivas. Quien pueda mantener el bienestar público en medio de la incertidumbre estará más cerca de la competitividad del desarrollo de la siguiente etapa.
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